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Crónicas desde Honduras. La 2ª de Alba C. Cuando pasa el camión de las camaroneras lo único que nos deja es polvo

Han pasado otras dos semanas y media y seguimos recorriendo el Golfo de Fonseca. Ya sabemos el nombre de, al menos, 7 de sus islas transfronterizas. Sigo acumulando talleres, visitas, reuniones, giras y conversaciones muy distintas entre sí, de lo cual no voy a hacer un inventario esta vez. Me voy a limitar a lanzar algunas de las reflexiones que me han ido surgiendo por el camino.

Hace unos días, por fin, llovió en San Lorenzo. Después de semanas esperando agua llegó nuestra primera tormenta eléctrica y, como consecuencia algo menos esperada, una tarántula decidió refugiarse en la puerta de nuestra casa. Ambas cosas las hemos superado con más tranquilidad de la prevista.

Cuando empezó a caer agua, lo primero que pensé fue en Cenícero y Moropocay. Habíamos estado en ambos días antes hablando con productores. Este año la lluvia no había llegado aún, y no habían podido sembrar con normalidad. En algunas familias empezaba a faltar comida. No sabían qué sembrar ni cuándo. Cuando hablábamos de qué pasaría, la conversación acababa volviendo una y otra vez a Dios. Él sabría cuándo tenía que mandar la lluvia.

Se me quedó bastante grabado. Quizá porque pocas veces había sentido de una manera tan extrema algo tan obvio como la conexión entre lluvia y comida. Siento que la costumbre de encontrar los alimentos al final de cadenas larguísimas de producción y distribución, perfectamente colocados en el supermercado, hace excesivamente fácil para sus consumidores olvidar todo lo que ha tenido que ocurrir antes y disociar ambas cosas -lluvia y comida-.

Aún así, una sequía puede afectar a todo un territorio, pero nunca de manera equitativa. No es lo mismo depender de una cosecha para comer que poder comprar lo que no se produce; tener acceso a sistemas de riego que esperar a que llueva; disponer de ahorros, tierra o alternativas laborales que no tenerlas. Cuanto más recorremos el Golfo, más difícil se vuelve separar lo que podría parecer un problema estrictamente ambiental del resto de sus dimensiones.

Unos días después, estábamos en Islitas, Amapala haciendo un taller de fortalecimiento comunitario. Una de las dinámicas consistía en identificar algunos de los problemas de la comunidad y empezar a tirar del hilo de sus causas y consecuencias. Aparecieron, principalmente, la falta de cosechas y pesca -también fruto de la sequía-, la falta de empleo, y la privatización del acceso a la playa. Esto último me recordó que estar físicamente junto a un recurso, e incluso sentir que te pertenece, no significa poder utilizarlo.

Además del agua o la línea de costa, la tierra cultivable es un buen ejemplo de ello. Recorriendo el sur hemos pasado una y otra vez junto a grandes extensiones de okra. Antes de venir a Honduras no habría sabido reconocer la planta. Ahora, forma parte del paisaje de muchos de nuestros desplazamientos. Lo curioso es que no está en la alimentación cotidiana: la okra se cultiva aquí, ocupa hectáreas de tierra aquí, necesita agua y mano de obra aquí, pero se produce fundamentalmente para ser consumida fuera. Al mismo tiempo que hablamos con productores, productoras, pescadores y marisqueras preocupados porque no ha llovido lo suficiente para garantizar la alimentación de sus familias, recorremos hectáreas destinadas a producir alimentos para mercados globales que sí pueden contener las inclemencias climáticas. A la vez, la agroexportación puede llegar a generar empleo e ingresos y a ser percibida como una de las pocas fuentes de trabajo disponibles en determinadas zonas.

Con la energía aparece una contradicción parecida. El territorio puede producir energía y albergar grandes infraestructuras energéticas, como la planta solar de Nacaome, sin que eso signifique automáticamente que la población que vive alrededor disponga de un acceso barato, estable o equivalente a los recursos que se generan. Otra vez, producir algo y disponer de ello, definitivamente no es lo mismo. Ahí es donde entra también Agua Caliente. Allí, en una escuela de incidencia política, estuvimos hablando con pescadores artesanales sobre el Golfo, sobre los cambios que han observado en la pesca y sobre su convivencia con las camaroneras. En algún momento de la conversación, Nehemías resumió esa relación con una frase:

—Cuando pasa el camión de las camaroneras, lo único que nos deja es polvo.

Estoy leyendo Cipotes, de Ramón Amaya Amador. En un momento de la novela, él describe Tegucigalpa y Comayagüela a partir de contrastes: automóviles junto a carretas de bueyes, fábricas y talleres artesanales…. No tiene sentido trasladar sin más su interpretación de la Honduras de los 60 a la Honduras actual, pero sí me interesa esa imagen de distintas lógicas económicas, tecnologías y formas de vida coexistiendo en un mismo espacio. Quizá porque desde que llegué hay una frase que me he descubierto escuchando, incluso pensando, unas cuantas veces: “Es como España hace treinta o cuarenta años”. Sale hablando de infraestructuras, servicios, formas de vida, o de cuestiones de género; con gente de aquí, y de España. Y puede que algunas semejanzas sean reales. Lo que me resulta cada vez más incómodo es la facilidad con la que convertimos una diferencia en una distancia temporal.

No se piensa “esto es diferente a España”. Pensamos “esto se parece a cómo éramos nosotros antes”. Sin querer, construimos una especie de carretera histórica común en la que unos países irían unos kilómetros —o unas décadas— por delante de otros. Bajo esa lógica, Honduras sería una versión anterior de algo que España ya fue y, con suficiente tiempo y desarrollo, terminaría llegando aproximadamente al mismo sitio. Pero la okra que se exporta no pertenece al pasado. Las camaroneras tampoco. Ni la inversión extranjera, ni los mercados internacionales, ni las infraestructuras energéticas, ni las cadenas globales de producción. Todos son profundamente contemporáneos. Honduras no es una España que todavía no ha llegado a 2026. Su situación actual es producto de una trayectoria histórica propia, y de la posición que ocupa y ha ocupado dentro de relaciones económicas y políticas que trascienden ampliamente sus fronteras. Pienso que tenemos que ser un poco más imaginativos, creativos y fieles a la realidad, adoptar otro prisma desde el que mirar.

Hay otra dimensión de todo que es bastante más difícil de fotografiar desde la carretera. La dependencia no tiene por qué terminar donde acaba la economía. No me atrevería, después de tan poco tiempo aquí, a hacer grandes afirmaciones, pero sí hay pequeñas cosas que me han hecho pensar en cómo las desigualdades pueden acabar formando parte también de la manera en la que imaginamos los lugares y nuestras posibilidades dentro de ellos. Aquí, las referencias al exterior son constantes. Familias atravesadas por la migración, Estados Unidos y España como ente recurrente, las oportunidades que existen “afuera”, los productos extranjeros… y, junto a ello, comentarios cotidianos que a veces parecen colocar lo que viene de fuera unos escalones por encima de lo propio. Me parece interesante entenderlo como los efectos que tiene ocupar durante generaciones una determinada posición dentro de una relación centro-periferia sobre aquello que se considera deseable, moderno o exitoso. Si durante décadas el capital, las mercancías, las oportunidades y también las personas circulan siguiendo determinadas direcciones, cabría pensar que esas geografías terminen entrando también en los imaginarios.

Aquí la cuestión se vuelve especialmente incómoda porque nosotras también hemos llegado desde ese afuera, aunque no en las mismas condiciones, ni formando parte de los mismos procesos. La frase del polvo me hace pensar también en nuestra propia posición. Durante tres meses entramos en comunidades, hacemos preguntas, escuchamos historias, participamos en actividades, fotografiamos, apoyamos a los técnicos y aprendemos a gran velocidad. Nos llevamos conocimiento, experiencia, relaciones e infinidad de vivencias que acabarán influyendo en nuestra forma de pensar, actuar y trabajar cuando volvamos a España. Después nos vamos. Entonces la pregunta cambia de escala, pero conserva algo de la anterior: cuando entramos en un territorio y obtenemos algo de él —aunque sea conocimiento, historias o experiencia—, ¿qué dejamos a cambio?. No creo que esa pregunta invalide la cooperación, aunque la pueda controvertir. Trato de resolver esta pregunta con la sensación de que sí hay algo que dejo, aunque aún no sepa definir muy bien qué es. la. Tampoco creo que haya que convertir esta experiencia en un examen moral permanente. Más bien, me parece una buena forma de no dar por hecho que nuestras intenciones determinan automáticamente nuestros efectos.

En la primera crónica hablaba fundamentalmente de adaptarnos a Honduras: el calor, la casa, San Lorenzo, el trabajo, aprender a movernos y empezar a construir una vida cotidiana aquí. Ahora sabemos dónde comprar, cómo desplazarnos, conocemos a bastante más gente y hemos recorrido mucho más territorio. Y, paradójicamente, cuanto más familiar empieza a parecerme todo, menos claras se vuelven algunas de las categorías con las que llegué.

Cuando algo nos recuerda a “la España de hace cuarenta años”, no estamos hablando únicamente de Honduras; estamos mostrando cómo imaginamos que cambian las sociedades. Cuando determinadas situaciones, por ejemplo, relacionadas con la cuestión patriarcal, nos producen rechazo inmediato, podemos estar reconociendo desigualdades muy reales pero, al mismo tiempo, necesitamos entender cómo las experimentan las propias mujeres y no caer en la espiral patriarcal de juzgarlas a ellas. Creo que comprender no significa excusar. Tampoco creo que la alternativa a mirar Honduras desde una idea lineal del “desarrollo” sea un relativismo en el que cualquier desigualdad quede automáticamente protegida bajo la etiqueta de diferencia cultural. Entre pensar que todas las sociedades tienen que recorrer exactamente el camino que recorrió la nuestra y pensar que no podemos analizar críticamente nada porque estamos fuera hay bastante espacio. Supongo que parte de estar aquí consiste precisamente en aprender a moverse por ese espacio. O, al menos, en salir con flexibilidad de categorías que sobre el papel parecían muchísimo más ordenadas.

Todas estas reflexiones me han ido acompañando mientras hacíamos kilómetros y kilómetros, porque la verdad es que no hemos parado. Además de seguir recorriendo el Golfo y participar en todas las actividades, también hemos tenido la suerte de conocer lugares increíbles. Un fin de semana fuimos a Tegucigalpa y aprovechamos para visitar Ojojona, Valle de Ángeles y Santa Lucía. Otro cruzamos a Nicaragua y pasamos por Managua, León y Granada, además de visitar los volcanes Masaya y Momotombo. Este último llegamos hasta La Unión, en El Salvador, y subimos a Conchagua.

Ahora, a seguir haciendo kilómetros por el Golfo, acumulando historias, desordenando categorías y tratando de dejar algo más que polvo.

Crónicas de Honduras. A segunda de Rubén: Que vale máis, un poste da luz ou unha árbore de cen anos?

Foi Don Modesto quen nos deixou as Albas e a min esta pregunta gravada na cabeza. Falabamos de desenvolvemento, de electricidade e de todo o que supón mellorar a vida das comunidades. Dicía que o progreso é necesario, pero sempre debe avanzar da man do ecosistema e non por riba del. E foi entón cando nos lanzou esta pregunta: «Que vale máis, un poste da luz ou unha árbore de cen anos?». Non buscaba unha resposta, senón facernos reflexionar sobre o equilibrio entre avanzar e conservar.

Nestes xa máis de 30 días percorrendo o golfo de Fonseca, paso a darlle o protagonismo da apertura desta crónica a Don Modesto, un auténtico loitador e protector do ecosistema e da vida.

Coñecer as comunidades e vivir, aínda que só sexa por un pequeno intre, formando parte da vida da súa xente, é algo indescritible. Pero houbo unha delas que foi un pouco máis alá no meu sentir e no meu apego: a comunidade de Moropocay. Tampouco sei explicar moi ben o porqué, así que simplemente deixo reflectido que un anaquiño do meu corazón queda alí.

Tiven tamén a sorte de poder impartir un obradoiro de primeiros auxilios na comunidade de Aguas Calientes e, crédeme, foi toda unha experiencia. Nun lugar onde a ambulancia e os servizos médicos non chegan, supuxo un reto intentar adaptar a formación a ese contexto. Cando aprendemos primeiros auxilios, case todo vai orientado á chegada dos servizos de emerxencia, pero aquí a realidade é ben distinta.

Polo demais, a experiencia segue medrando e eu con ela. Tivemos a oportunidade de entrar en Nicaragua e podo afirmar que cruzar a fronteira foi toda unha aventura, pero mereceu a pena. Cidades como Granada, León e Managua teñen un encanto e unha historia que recomendo descubrir a calquera que teña ocasión de pasear polas súas rúas.

Tamén estivemos en O Salvador, no alto do volcán Conchagua, unha auténtica marabilla. Desde alí puidemos contemplar unha das vistas máis impresionantes da viaxe: todo o golfo de Fonseca e os tres países —Honduras, Nicaragua e O Salvador— practicamente sen ter que xirar a cabeza.

Espero que nas escasas tres semanas que teño ata regresar a Galicia poida seguir acumulando vivencias, que estou seguro de que así será.

Déixovos unhas fotiños destas últimas semanas.

Crónicas dende Honduras: a segunda de Alba V. Adaptarse, medrar e florecer

Na miña anterior crónica contaba que xa levaba case o 17 % desta experiencia. Agora prefiro non saber en que porcentaxe estou. Porque, sinceramente, xa non quero contar canto falta para volver: xa non quero marchar de Honduras.

Ao principio miraba o contador como unha forma de motivación. Non porque estivese mal, senón porque botaba moitísimo de menos a casa e saber cantos días faltaban facía que o tempo parecese máis doado de medir. Agora, despois dun mes, deixei oficialmente de miralo. E o curioso é que non é porque me estea custando máis estar aquí, senón exactamente polo contrario: nestes últimos quince días fun tan feliz que creo que facía moito tempo que non me sentía así. Cheguei a sentir que Honduras tamén é un pouco a miña casa.

Estou namorada da súa cultura, da súa xente e da súa gastronomía. E aquí teño que facer unha mención especial ás baleadas, porque que marabilla de comida. A verdade é que, polo de agora, teño a fortuna de non poder mencionar absolutamente nada da gastronomía hondureña que non me gustase.

Pero, sobre todo, estou namorada das persoas. De todas as persoas coas que estou compartindo esta experiencia e, especialmente, dos meus compañeiros e compañeiras de CODDEFFAGOLF. Despois de tantas actividades, visitas e días compartidos, sinto que cada vez formo máis parte desta realidade. E hai algo que me resulta especialmente curioso: estando literalmente no outro lado do mundo, sinto que nunca estivera tan conectada coas miñas raíces. Creo que as persoas que medramos no rural compartimos moitas cousas, independentemente de que esteamos en Galicia, América, África, Asia ou Oceanía. Hai unha forma de entender a comunidade, de relacionarse coa terra e coa xente, de valorar as pequenas cousas, que atravesa fronteiras. E quizais estar tan lonxe foi precisamente o que me permitiu descubrilo.

E nesta conexión co rural aparece tamén unha persoa á que levo comigo dun xeito moi especial: o meu avó Manuel Nouche. O meu avó materno era, para min, absolutamente todo. E nestas semanas pensei moitas veces nel. Pensei no moito que lle gustaría estar aquí, coñecer todo isto e, sobre todo, escoitarme contarllo.

Porque sei que o meu avó sería desas persoas que quererían saber absolutamente todos os detalles. Querería saber como son as comunidades que visitamos, quen coñecemos, que nos contan, como é o lugar, que estamos facendo, que aprendemos cada día… E gustaríame tanto poder volver e sentarme con el para contarlle todo isto. Contarlle de Honduras, de Nicaragua, das persoas que estou coñecendo, das historias que estou vivindo e de como, estando tan lonxe, estou chegando a sentirme tan preto das miñas raíces e del.

Ás veces penso que, se el estivese aquí, sería unha desas persoas ás que máis ilusión me faría ensinarlle todo o que estou vivindo. E quizais por iso esta experiencia me está facendo sentilo tan preto. Porque hai persoas que, aínda que xa non estean fisicamente, seguen formando parte da maneira na que miramos o mundo. E sinto que unha parte de min está vivindo isto tamén con el. Sei que lle tería encantado todo isto. E, dalgunha maneira, cada comunidade que visito, cada historia que escoito e cada cousa nova que descubro convértese nunha historia máis que me gustaría poder contarlle. Por iso sinto que vivir esta experiencia tamén é unha forma de honrar a súa memoria: coñecer, aprender, achegarme ás persoas, á terra e ás comunidades e, ao mesmo tempo, gardar todo isto dentro de min para sempre.

Nestes quince días tamén tiven a oportunidade de coñecer moito máis do territorio. Visitamos xunto con Aminta, compañeira de CODDEFFAGOLF á que tanto lle debemos, Tegucigalpa, Valle de Ángeles, Santa Lucía, Ojojona e as termas de Nacaome, e puiden seguir descubrindo un país que cada vez sinto máis próximo.

En Santa Lucía atopeime cun cartel que dicía: “Adáptate, crece e florece”. E pareceume curioso porque, sen sabelo, levaba un mes facendo exactamente iso.

Cheguei tendo que adaptarme a unha realidade completamente nova; pouco a pouco fun medrando, aprendendo e coñecendo persoas e realidades que me están cambiando e agora sinto que estou “florecendo” aquí.

Unha das experiencias que máis me marcou nestes días foi poder viaxar a Nicaragua con dúas compañeiras de CODDEFFAGOLF, Dulci e Aminta. Percorremos practicamente todo o país e foi unha experiencia de película, un deses viaxes que sabes que vas lembrar toda a vida. Sinto unha enorme sorte por ter podido coñecer Nicaragua, especialmente porque desde España non é un destino ao que resulte tan sinxelo viaxar. Pero, máis alá dos lugares, o mellor foi compartir todo aquilo con elas, con AlbaC e con Rubén. Falamos moitísimo, coñecémonos aínda máis e volvín do viaxe sentíndome máis unida ás miñas compañeiras ca nunca.

Tamén tiven a oportunidade de celebrar o Día do Pescador, o 28 de xullo, na Berbería, xunto a persoas tan importantes para CODDEFFAGOLF como don Modesto, un dos seus fundadores. Sempre é un luxo compartir actividades con el e escoitalo falar. E, en realidade, poder compartir o día a día con todos os compañeiros e compañeiras de CODDEFFAGOLF está sendo un dos maiores agasallos desta experiencia.

Outro momento que sei que vou lembrar toda a vida foi poder vivir a final do Mundial na Embaixada de España en Honduras, xunto ao embaixador e a outros españois que emigraron a Honduras e construíron aquí a súa vida. E, ademais, gañou España. Estar no outro lado do Atlántico e celebrar unha vitoria da selección rodeada de persoas que, coma min, están lonxe da súa terra foi moi especial. Volvín sentir esa conexión con España, coa miña casa e coas miñas raíces, pero desde un lugar completamente diferente. Quizais iso sexa precisamente o bonito desta experiencia: sentirme máis conectada con España mentres, ao mesmo tempo, me sinto cada vez máis parte de Honduras.

Entre todas as actividades que puiden facer cos meus compañeiros de CODDEFFAGOLF, tamén tiven a oportunidade de participar nun monitoreo da calidade da auga das lagoas de inverno e analizar despois as mostras nun laboratorio da UNAH, en Choluteca. Foi curioso entrar nun laboratorio tan parecido aos que coñecín durante a miña etapa na Universidade de Vigo e sentir, por un momento, sentir que volvía a estar na cidade olívica. Pero esta actividade tamén me permitiu ver dunha maneira moito máis real algo do que tantas veces escoitara falar: o cambio climático. Aquí deixou de ser para min unha idea abstracta ou algo que aparece nos libros e nos informes. Está nas lagoas, nos cultivos e nas preocupacións das persoas.

As lagoas de inverno están sufrindo as consecuencias da falta de choiva e as salinidades que atopamos durante o monitoreo eran moi elevadas. E esa falta de auga tamén está afectando directamente á agricultura. En comunidades como Moropocay, os veciños están perdendo cultivos, cando a agricultura é o seu sustento. Nas comunidades da Berbería tamén existe unha preocupación enorme pola situación das lagoas, especialmente despois de tantos anos de loita pola súa defensa e conservación.

É difícil non sentir tristeza cando ves que persoas que levan anos loitando polo seu territorio teñen que enfrontarse tamén a cambios que afectan directamente á súa forma de vida. E, ao mesmo tempo, esta experiencia estáme facendo comprender que hai cousas que si podemos cambiar, e que precisamente por iso é tan importante o traballo que realizan organizacións como CODDEFFAGOLF e as propias comunidades.

Crónicas desde Honduras. La primera de Alba C.: en el ecuador de la adaptación



Parece mentira que ya hayan pasado 17 días desde que aterrizamos. A veces siento que llevo aquí mucho más, pero cada día hay al menos una cosa que me recuerda que acabo de llegar. Para escribir he puesto en los cascos una playlist en la que he ido guardando canciones que he escuchado en los trayectos de coche de las salidas con Coddeffagolf. Estoy sentada en una colcha que he puesto en el suelo de la sala y que ahora es “el salón”. Llevaba un poco mal que el tiempo que pasábamos en casa fuese en la cama, en horizontal, en la oscuridad, con el aire acondicionado. Dicho así parece más dramático de lo que es, pero era algo que no me imaginaba. ¡Ahora ya está solucionado! Tenemos salón.

Voy a contar cómo han sido estas semanas repasando mi diario de recuerdos. Creo que ser PCR empieza antes de llegar. ¿Por qué llevo tanto suero fisiológico? ¿Para qué tantos medicamentos? son preguntas que sigo sin resolver, y comienzo a pensar que mi médica y mi amiga Raquel quizá hayan sido demasiado prevenidas. O quizá no, aún no lo sé. Irte de tu casa para vivir tres meses en un lugar entendido como inestable e inseguro por el imaginario colectivo de tu país y que ,además, está a más de 8000 kms conlleva ciertas ansiedades colectivas y propias. Sentí tanta tensión antes de irme que, en cierto modo, llegar aquí fue un alivio.

No creo que nunca me olvide de los primeros momentos con Rubén y Alba V. en el aeropuerto. Como se suele decir, llevábamos las mochilas cargadas de ilusión y ganas; aunque las cargábamos en piloto automático. Un vuelo de 11 horas en la misma fila que los que iban a ser mis mejores amigos, forzados pero verdaderos, todo el verano -invierno aquí- y unas horas en el coche con Raquel Z. desde Palmerola después, llegamos a San Lorenzo. Me cuesta recordar cuál fue mi primera impresión más allá del calor, creo que se debe a lo cansada que estaba. Lo que sí recuerdo es el momento de salir del aeropuerto con una estampa preciosa de familias con pancartas y globos recibiendo a sus seres queridos que entiendo, algunos, vendrían en nuestro vuelo. También recuerdo las frutas que nos dejó Rina en el apartamento: el primer gesto de amabilidad de muchos que acumularía en los siguientes días.

Los primeros días nos dedicamos a descansar, aprender a usar el aire, aprendernos las calles de San Lorenzo, comer un par de baleadas, y ver alguno de los maravillosos atardeceres del Golfo. En nuestro segundo día hubo un apagón en San Lorenzo y pasamos el día en Choluteca. Ese fue el día en que empecé a darme más cuenta de la influencia de EEUU aquí; y de las marcadas desigualdades sociales. Desde ese día no paro de verlo en todas partes. También compramos muchas cosas, demasiadas. Entre ellas, mucha ropa de segunda mano. Yo venía apenas sin ropa porque no tenía muy claro el dresscode y venía avisada de que se estropeaba mucho. También hicimos nuestra primera compra en La Colonia, conseguimos nuestras tarjetas del móvil… Aún era todo pura gestión.


El primer fin de semana lo pasamos en Amapala, con las primeras sensaciones de ya estar insertos en la experiencia. Todo fue muy bucólico y nos encantó, también gracias a Elena, que ya llevaba casi un mes en Honduras. Aunque volvimos con leves problemas digestivos, teníamos muchas ganas de ir el lunes a Coddeffagolf. Ese lunes fue el único día tranquilo de la semana. A partir de ahí, nos metimos de lleno en el frenético pero pausado ritmo de trabajo de los compañeros de la oficina, y en él seguimos. Y encantados.


Mi primera salida de campo fue el martes a El Tulito, Choluteca con Carlos, a hacer un monitoreo de aves con los comunitarios en la laguna La Alemania. La intención es enseñarles a hacerlo por su cuenta. Su acogida e inclusión conmigo fue muy reconfortante, y la actividad me encantó,¡aprendí mucho!.

El miércoles tuve la suerte de asistir a una reunión de los pescadores artesanales de Aguas Calientes, El Triunfo y los técnicos de Digepesca mediada por Coddeffagolf. Allí pude entrar de primera mano en contacto con la realidad de este sector económico, de gran relevancia local, con sus múltiples y heterogéneas tensiones y demandas. También fue un gran aprendizaje para mí ver las habilidades de mediación de Nohelia.

El jueves fui por primera vez a una Escuela de Incidencia Política en Marcovia, Choluteca. Allí pude colaborar con las comunitarias y los técnicos en un taller de Resolución de Conflictos Comunitarios coordinado por Donaira. Fue una experiencia reveladora: por un lado, descubrí las dinámicas de intervención social de la ONG, las cuales me fascinaron; y por otro, tomé conciencia de los retos que atraviesa la comunidad de Cedeño, Choluteca, sobre todo en temas de adaptación climática, manejo de desechos, educación y seguridad ciudadana.

El viernes fue un día increíble. Fuimos de nuevo a Amapala, esta vez con Astrid y compañeros del ICF. Gracias al monitoreo de arrecifes pudimos conocer sitios muy entrañables del litoral insular como “Piedra cagada” y la Isla El Pacar; así cómo aprender a pescar de la mano de varios pescadores locales. También a registrar las parguetas, diversos rucos, peces sapo… Fueron unas 6 horas de pesca con devolución para monitoreo muy entretenidas, donde la compañía y el paisaje fueron irremplazables.

El fin de semana decidimos descansar y quedarnos en San Lorenzo. Aunque salimos a pasear bastante, todos los tiempos muertos que pasamos en casa hicieron que el apartamento 1, finalmente, se convirtiese del todo en hogar. Alba V. y yo creemos que, en realidad, un sitio no es hogar hasta que puedes estar un día entero, o casi, en él sin hacer ¨nada¨.

La semana 2 en Coddeffagolf transcurre de manera parecida a la anterior. Hasta la fecha he participado en dos talleres sobre Violencia contra la mujer, uno de ESF Galicia en colaboración con Aecid; y otro en el marco de la misma Escuela de Incidencia Política que mencionaba la semana pasada.

También fui a una exploración de áreas para reforestación en la Bahía de Chismuyo, donde Dulci y yo nos quedamos anonadadas con la altura de los manglares, y aprendimos sobre la vegetación. Sobrevolar todo con los drones nos dió una perspectiva preciosa del paisaje; y hablar con Doña Chago nos ayudó a entender los desafíos locales, pasados y presentes.

¨La casona¨ fue un lugar reseñable de la Bahía, aunque todo el plástico acumulado allí por la subida de las mareas era desolador. Ello me lleva al núcleo de lo que creo que es la reflexión más importante que he hecho en estos días. Desde mi mentalidad de ser de España, el plástico que se ve en muchos sitios aquí es más ¨agobiante¨ porque es contaminante de una manera visible y explícita; sin embargo, a menudo no me resulta tan sumamente desolador el consumo masivo, por ejemplo, de ropa, en España, cuya contaminación es menos trazable pero con un impacto ambiental desmedido.

Para terminar, ya que Aminta dice que siempre aparece en las primeras crónicas de los PCR y no salimos juntas aún (a campo), una mención especial a ella, por su manera de hacernos a todos sentir como en casa desde el primer momento.

Crónicas dende Honduras. A primeira de Rubén. Matial

Rubén, participante no Programa de Voluntariado Internacional de Coñecemento doutras Realidades (PCR), traenos as súas primeiras reflexións empregando como elemento de referencia a árbore do Matial. Rubén ademais participa neste programa como complemento ao de Hackers Sen Fronteiras, de tecnoloxía para o ben común no ensino secundario galego. Aquí queda a súa crónica!
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Hoxe vou falarvos da árbore do Matial, pero antes un pequeno resumo destes primeiros días.

Chegamos a San Lorenzo e o calor púxonos os pés na terra que estamos a visitar. Ata o de agora, mollarse nun dos inmensos chaparróns destas chuvias torrenciais apenas semella diferente de suar baixo este calor incesante que percorre o corpo e a cara.

Xa levo 15 días aquí e, por momentos, parece que xa estou aclimatado, pero penso que aínda queda un pouco de camiño por percorrer.

Como comentaba ao inicio, comezo falando da árbore do Matial: un tronco espiñento e impenetrable, imposible de trepar para calquera persoa ou animal. Esta árbore dálle nome á primeira comunidade que visitei con Don Javier. Na súa copa e nas súas ramas non hai espiñas, o que permite que as aves aniñen sen dificultade.

Así sinto que son as comunidades aquí, no golfo de Fonseca: xente forte, coma ese tronco robusto e cheo de espiñas, que non permite que ninguén veña roubarlles nin destrozarlles o seu ecosistema. Pero iso si, cando accedes con calma e desde o cariño, comezamos a platicar un bo anaco, como dirían aquí, a compartir experiencias, e porque non dicilo, unhas comidas espectaculares. Rápidamente sínteste coma esas aves que aniñan no alto do Matial: acollido cun trato amable e sendo un máis.

Ata o de agora só podo dicir cousas boas. Vivín desde como é a creación dunha caixa rural nunha comunidade de mulleres emprendedoras ata unha formación escolar nunha comunidade situada no medio dun manglar, sen luz. E, por último, quizais o día que máis me gustou ata o momento foi o que pasei na lancha, en compañía inmellorable, pero cunha mención especial para Don Beto, un pescador de pura sangue hondureña que conseguiu espertar en min unha paciencia, canto menos, sorprendente no meu caso, durante sete horas de pesca.

Ensinoume a calma e a concentración necesarias para este traballo. O noso obxectivo era monitorizar unha serie de puntos arredor da illa de Amapala, levando así un control do peixe que dá sustento a tantas comunidades desta illa fabulosa.

Seguirei compartindo de primeira man todas as novidades desta viaxe, que pouco a pouco vai formando no meu interior un caderno cheo de experiencias inesquecibles.

Aquí vos deixo un par de fotos destes primeiros días

Crónicas PCR 2026. A primeira de Alba V. Primeiros 15 días en Honduras: aprendendo a mirar o mundo con outros ollos

Hai xa 15 días que aterrizamos en Honduras e aínda custa poñer en palabras todo o que estamos vivindo. Parece pouco tempo, pero a cantidade de experiencias, persoas e aprendizaxes que caben nestes días fai que sintamos que levamos moito máis camiño percorrido.

O primeiro contacto coa realidade hondureña chegou coa adaptación ao noso novo fogar: San Lorenzo. Un lugar que ao principio era descoñecido, pero que pouco a pouco vai deixando de ser “o sitio onde estamos” para converterse na nosa casa. Porque ás veces unha casa non é só un lugar físico, senón as rutinas que vas creando, as persoas que coñeces e os pequenos momentos que fan que un lugar empece a sentirse próximo.

O primeiro fin de semana tivemos a sorte de compartir esta aventura con outra rapaza galega do programa PCR que está en San Marcos de Colón, a unhas dúas horas de aquí. Xuntos descubrimos Amapala, un pequeno recuncho do Golfo de Fonseca que nos roubou o corazón. A súa tranquilidade, a súa xente e esa sensación de que o tempo pasa dun xeito diferente fixeron que nos namorásemos dun lugar no que se respira calma.

O luns comezou oficialmente a nosa aventura en CODDEFFAGOLF, onde nos recibiron cos brazos abertos. Dende o primeiro día fixéronnos sentir parte do equipo e, grazas a todos os técnicos e técnicas que nos acompañan, estamos podendo coñecer de preto realidades e proxectos que ata agora só coñeciamos desde a distancia.

Unha das experiencias máis especiais foi poder asistir a un monitoreo de pesca en Amapala. Alí coñecimos un dos proxectos nos que están traballando coa instalación de arrecifes artificiais para favorecer os ecosistemas mariños e apoiar ás comunidades pesqueiras. Estar nunha barca, observar o traballo das persoas que levan anos loitando polo seu territorio e entender a importancia do mar para estas comunidades foi unha aprendizaxe enorme.

Tamén tiven a oportunidade de facer case unha ruta de sendeirismo para chegar a unha microcuenca de auga potable. Un camiño que non só foi físico, senón tamén unha viaxe de aprendizaxe. Alí puiden ver como traballan enxeñeiras e técnicas ao outro lado do océano, coñecer outras formas de entender a xestión da auga e comprobar que, aínda que esteamos a miles de quilómetros, moitas das preocupacións e retos son compartidos.

Pero se hai unha experiencia que levo especialmente marcada nestes primeiros días foi a visita a unha comunidade que vive entre os manglares. Coñecer as súas casas, a súa forma de vida e a maneira na que se relacionan co seu entorno fíxome entender aínda máis o significado do nome deste programa: Coñecemento doutras realidades. Porque non se trata só de visitar outro país, senón de escoitar, observar e aprender doutras maneiras de vivir e de entender o mundo.

Algo que tamén me sorprendeu moito nestes días é a forma de compartir da xente. A hospitalidade, a alegría e, sobre todo, esa maneira de facer da comida un momento de encontro. En Honduras cómese moi ben, pero máis alá dos pratos, queda a sensación de que cada comida é unha oportunidade para compartir, conversar e facer comunidade.

Xa levamos aproximadamente un 17% desta experiencia completada. E, aínda que non vou negar que hai momentos nos que a morriña pola familia e pola casa pesa, cada día que pasa estou máis agradecida por estar aquí. Por saír da zona coñecida, por aprender de persoas que teñen moito que ensinar e por vivir unha experiencia que, sen dúbida, vai deixar unha pegada enorme.

O segundo fin de semana decidimos quedar en San Lorenzo, simplemente para desfrutar tamén da nosa nova rutina. Porque, dalgún xeito, este pequeno recuncho do Valle xa comeza a sentirse un pouco como casa.

E isto é só o comezo dunha experiencia que, seguro, nos seguirá cambiando por dentro e ensinando a mirar o mundo con máis calma, máis respecto e máis gratitude.



Voluntariado Internacional de Coñecemento doutras Realidades 2026. Xa temos participantes!

Xa hai uns días que coñecemos ás participantes de 2026 no noso Programa de Voluntariado Internacional de Coñecemento doutras Realidades (PCR), e volas queremos presentar

Despois de presentar a súa candidatura, houbo un proceso de selección (coma sempre, encantaríanos que todo o mundo que se presenta poida ter esta experiencia, xa que sempre vese moita motivación e entusiasmo…), e comezou xa a súa formación con sesións presenciais e itinerario formativo en liña. Ás persoas non seleccionadas tamén teñen a posibilidade de facer esta formación cos custos de desprazamento cubertos. É un xeito de apoiar ese entusiasmo que, por que non, pode ter froito en anos sucesivos (algo bastante habitual).

Aquí temos ás participantes no PCR 2026, acompañando a Maigra e Esther, Mulleres Bravas de Honduras que nos visitaron este mes. Primeira pola dereita Alba C., despois Rubén e a 5ª pola dereita Alba V.

Sempre na loita

Levo sen sentir ansiedade no corpo dende que cheguei aquí. Será polos ritmos máis tranquilos, pensei nun comezo. E pode ser que iso tamén inflúa. Pero agora, co paso do tempo, decateime de que a diferenza non está tanto na velocidade á que se vive, senón no lugar que unha ocupa dentro desta realidade.

A medida que fun coñecendo máis de preto as historias que sosteñen este territorio, entendín que a calma das conversas e rutinas case nunca se traspasa aos corpos. Como van sentir acougo persoas que sosteñen incerteza diaria e que levan no corpo o peso da resistencia?

Nestas últimas semanas da miña estadía PCR tiven a sorte de poder sentarme a escoitar, con emoción nos ollos e gratitude na curva dos meus beizos, a persoas que agora admiro profundamente; auténticas referentes para min. Hai algo profundamente político en escoitar con calma. En deixar que a historia se conte ao seu propio ritmo.

APRENDÍN da man dalgunhas das fundadoras e fundadores de CODDEFFAGOLF. Persoas xa moi maiores que, coa súa memoria intacta e as súas peles marcadas por décadas de loita, ameazas e organización, manteñen unha aposta firme por defender un legado que segue en construción.

Puedo decir que estuvimos padeciendo miedo, estuvimos padeciendo a veces hambres, hemos llorado… Todos los promotores. Sol, desvelos, lágrimas por los compañeros muertos. Pero siempre nosotros nunca dijimos atrás. Lo enterraron.
Entiérrenlo y lo vamos a visitar después días y vamos a adelante. Nos reunimos tal día, y hasta que logramos el objetivo. A Dios gracias.
– Don Juan Ángel Ortiz

Os relatos, duros e honestos, que compartiron conmigo devolven á entidade a súa esencia como organización de base social; algo que se debe manter sempre presente. Esta foi unha das moitas ensinanzas que recibín de Modesto quen, coa súa xenerosidade e humildade, me acompañou ao longo de todo este proceso. Horas de conversa que xa forman parte do lugar ao que volver cando precise lembrar por que importa o colectivo.

VIVÍN uns días en La Flor, unha pequena comunidade pescadora golpeada pola contaminación das augas e polas prácticas extractivistas de grandes empresas. Abríronme as portas das súas casas e asembleas, compartiron todo -e máis- conmigo e fixéronme sentir parte, aínda sabendo que eu só estaba de paso.


Aproveitando a marea do roibén, preparamos coidadosamente os aparellos e lanzamos o cordel ao mar: un exercicio de responsabilidade e convivencia, un xogo de paciencia e supervivencia, unha aposta admirable por construír outro presente.


En Amapala, as marisqueiras organizadas en distintos grupos de mulleres tamén son mestras neste equilibrio. Con elas puiden ver de preto o proceso da sardiña (como se colle nos chiqueros e como se sala despois) e os monitoreos de bivalvos que levan realizando desde 2019, tras aquela gran mortalidade que arrasou curiles, ameixas, churrias e cascos de burro.
Para min o máis impactante non foi a técnica en si, se non poder achegarme ao coñecemento profundo que conteñen as súas mans; un saber e soberanía da que depende a vida de moitas comunidades.


XOGUEI con defensoras ambientais e lideresas comunitarias no II Encontro de Mulleres Bravas. Pouco antes de facer as maletas, tiven a oportunidade de organizar a segunda xuntanza das participantes do proxecto; o que resultou ser unha das vivencias máis bonitas da miña estadía.


Este encontro naceu coa vontade de crear de novo (por segundo ano consecutivo) un espazo de acorpamento e coidado, no que poder parar e sentirse sostidas. E así que o sentimos… Xogamos, falamos, rimos, debatemos e cantamos. Pero, sobre todo, recoñecéronse e valoráronse: mulleres que poñen o corpo na defensa da vida, con todo o que iso conleva.

Viñeron de territorios diversos e dispares entre si, e con historias de vida únicas e, malia iso, as loitas que comparten son enormes: as presións das grandes empresas (camaroneiras, mineiras, etc.), os sobornos e divisións dentro das propias comunidades, o machismo instaurado, a escasa vontade política para protexer os bens comúns, o avance do propio cambio climático, os residuos… E, entre todo iso, a carga invisible dos coidados.

Que estamos facendo, como institucións e como sociedades, para salvagardar as vidas das defensoras dos dereitos? Precísanse mecanismos reais de protección. Porque defender o territorio aquí implica expoñerse, asumir riscos e convivir co medo.


Nese mesmo espazo puxemos o coidado no centro. Detivémonos a pensar que lugar ocupa o autocoidado nas nosas vidas, que queremos que habite no noso espazo persoal, e no desafío de sosterse no colectivo sen desaparecer como individuos. Emerxeron preocupacións e cansancios acumulados, pero tamén afloraron e celebramos moitos logros e orgullos. E, rodeando todo o encontro, houbo moito amor. E cando estamos falando de loita, habitar estes termos, é dunha gran sabedoría.


Cando cheguei a Honduras escribín que aquí todo parecía ir máis amodo. Agora decátome de que a tensión é continua: as ameazas, o mar que cambia, a terra que se esgota, as decisións que outros toman dende lonxe pero que impactan. E entendo agora que o meu privilexio é tamén unha responsabilidade, para vivir, acorpar e acompañar sempre na loita.

Podes escoitar o consagrado Himno Mulleres Bravas, creado no primeiro encontro no 2024, cantado tamén nesta ocasión: aquí.

Aberto prazo para solicitar Voluntariado Internacional de Coñecemento doutras Realidades (PCR) 2026

Como cada ano por estas datas, abrimos o prazo para solicitar unha das 3 prazas do noso Programa de Voluntariado Internacional de Coñecemento doutras Realidades (ao que chamamos agarimosamente PCR).

Trátase dunha experiencia inmersiva de educación para a cidadanía global, coñecendo o traballo nos proxectos que apoiamos no sur de Honduras, coas organizacións hondureñas coas que colaboramos. Hai unha formación e integración previa, cunha estancia no verán en Honduras, na que ESF Galicia se fai cargo de viaxe internacional, seguro e aloxamento (manutención e gastos correntes van a cargo da persoa participante) para, á volta, contar co testemuño de primeira man das participantes, organizando actividades de sensibilización.

Este ano o programa conta con financiamento da Cooperación Galega da Xunta de Galicia, e tamén dos Fondos IRPF da Xunta de Galicia.

Pódese solicitar dende o 2 de febreiro até o 18 de febreiro.

Calquer persoa maior de idade pode solicitar praza.

Haberá un proceso de selección con dúas fases. As persoas que sexan preseleccionadas na primeira fase, pasarán a unha segunda fase con entrevistas. As candidatas seleccionadas para a entrevista serán avisadas vía telefónica o día 23 de febreiro pola tarde-noite, para ter as entrevistas o 25.

AQUÍ se poden consultar as bases, cos requisitos valorables e prazos.

Crónicas dende Honduras. Belén II. Solpor entre amizades

Despois dunha saída con CODDEFFAGOLF, recollemos o material da paila para deixalo na oficina. Agradézolle ao técnico por brindarme a oportunidade de participar nesta visita, na que tiven a ocasión de coñecer mulleres emprendedoras que fomentan o aproveitamento sostible dos recursos do país e ofrecen traballo ás persoas da súa comunidade.

Tras despedirme, regresei ao apartamento para descansar un pouco ata que o sol comezase a baixar. Alí compartín cos meus compañeiros as vivencias da xornada e, pouco despois, decidimos dar un paseo ata o peirao. Aquel lugar regálanos un atardecer máxico entre manglares, montañas e lanchas.

Sentadas nas mesas, sacamos a baralla española e comezamos a xogar. De súpeto, ao levantar a mirada, decateime de que varias persoas nos observaban con curiosidade. Invitámolas a participar; ao principio eran reticentes, dicindo que preferían mirar, pero insistimos asegurándolles que o xogo era moi doado de aprender. Pouco a pouco fóronse animando, sentáronse connosco e compartimos risas, conversacións e partidas.

De pronto apareceu o xeadeiro, que se detivo para saudar. Esta vez non puido resistirse: sumouse á partida. Xogamos unha vez, ata que o timbre da súa bicicleta, coa que anuncia os xeados para atraer clientela, o obrigou a seguir o seu camiño.

Reflexión

Os meus instantes favoritos eran o amencer e o atardecer: momentos do día nos que compartía pequenas conversacións coa xente local que facían que o tempo parecese máis próximo e significativo. Co tempo, comprendín que a proximidade non sempre nace das grandes conversas, senón de pequenos xestos compartidos. Nesta ocasión foi unha simple baralla a que fixo de fío invisible para crear conexións inesperadas.

Eses instantes lembráronme que o voluntariado non se mide só en esforzo ou dedicación, senón tamén en momentos de encontro, aprendizaxe e alegría compartida, aínda que sexan pequenos ou breves.

FOTO DE CABECEIRA: amencer no peirao de San Lorenzo