Crónicas desde Honduras. La 2ª de Alba C. Cuando pasa el camión de las camaroneras lo único que nos deja es polvo

Han pasado otras dos semanas y media y seguimos recorriendo el Golfo de Fonseca. Ya sabemos el nombre de, al menos, 7 de sus islas transfronterizas. Sigo acumulando talleres, visitas, reuniones, giras y conversaciones muy distintas entre sí, de lo cual no voy a hacer un inventario esta vez. Me voy a limitar a lanzar algunas de las reflexiones que me han ido surgiendo por el camino.

Hace unos días, por fin, llovió en San Lorenzo. Después de semanas esperando agua llegó nuestra primera tormenta eléctrica y, como consecuencia algo menos esperada, una tarántula decidió refugiarse en la puerta de nuestra casa. Ambas cosas las hemos superado con más tranquilidad de la prevista.

Cuando empezó a caer agua, lo primero que pensé fue en Cenícero y Moropocay. Habíamos estado en ambos días antes hablando con productores. Este año la lluvia no había llegado aún, y no habían podido sembrar con normalidad. En algunas familias empezaba a faltar comida. No sabían qué sembrar ni cuándo. Cuando hablábamos de qué pasaría, la conversación acababa volviendo una y otra vez a Dios. Él sabría cuándo tenía que mandar la lluvia.

Se me quedó bastante grabado. Quizá porque pocas veces había sentido de una manera tan extrema algo tan obvio como la conexión entre lluvia y comida. Siento que la costumbre de encontrar los alimentos al final de cadenas larguísimas de producción y distribución, perfectamente colocados en el supermercado, hace excesivamente fácil para sus consumidores olvidar todo lo que ha tenido que ocurrir antes y disociar ambas cosas -lluvia y comida-.

Aún así, una sequía puede afectar a todo un territorio, pero nunca de manera equitativa. No es lo mismo depender de una cosecha para comer que poder comprar lo que no se produce; tener acceso a sistemas de riego que esperar a que llueva; disponer de ahorros, tierra o alternativas laborales que no tenerlas. Cuanto más recorremos el Golfo, más difícil se vuelve separar lo que podría parecer un problema estrictamente ambiental del resto de sus dimensiones.

Unos días después, estábamos en Islitas, Amapala haciendo un taller de fortalecimiento comunitario. Una de las dinámicas consistía en identificar algunos de los problemas de la comunidad y empezar a tirar del hilo de sus causas y consecuencias. Aparecieron, principalmente, la falta de cosechas y pesca -también fruto de la sequía-, la falta de empleo, y la privatización del acceso a la playa. Esto último me recordó que estar físicamente junto a un recurso, e incluso sentir que te pertenece, no significa poder utilizarlo.

Además del agua o la línea de costa, la tierra cultivable es un buen ejemplo de ello. Recorriendo el sur hemos pasado una y otra vez junto a grandes extensiones de okra. Antes de venir a Honduras no habría sabido reconocer la planta. Ahora, forma parte del paisaje de muchos de nuestros desplazamientos. Lo curioso es que no está en la alimentación cotidiana: la okra se cultiva aquí, ocupa hectáreas de tierra aquí, necesita agua y mano de obra aquí, pero se produce fundamentalmente para ser consumida fuera. Al mismo tiempo que hablamos con productores, productoras, pescadores y marisqueras preocupados porque no ha llovido lo suficiente para garantizar la alimentación de sus familias, recorremos hectáreas destinadas a producir alimentos para mercados globales que sí pueden contener las inclemencias climáticas. A la vez, la agroexportación puede llegar a generar empleo e ingresos y a ser percibida como una de las pocas fuentes de trabajo disponibles en determinadas zonas.

Con la energía aparece una contradicción parecida. El territorio puede producir energía y albergar grandes infraestructuras energéticas, como la planta solar de Nacaome, sin que eso signifique automáticamente que la población que vive alrededor disponga de un acceso barato, estable o equivalente a los recursos que se generan. Otra vez, producir algo y disponer de ello, definitivamente no es lo mismo. Ahí es donde entra también Agua Caliente. Allí, en una escuela de incidencia política, estuvimos hablando con pescadores artesanales sobre el Golfo, sobre los cambios que han observado en la pesca y sobre su convivencia con las camaroneras. En algún momento de la conversación, Nehemías resumió esa relación con una frase:

—Cuando pasa el camión de las camaroneras, lo único que nos deja es polvo.

Estoy leyendo Cipotes, de Ramón Amaya Amador. En un momento de la novela, él describe Tegucigalpa y Comayagüela a partir de contrastes: automóviles junto a carretas de bueyes, fábricas y talleres artesanales…. No tiene sentido trasladar sin más su interpretación de la Honduras de los 60 a la Honduras actual, pero sí me interesa esa imagen de distintas lógicas económicas, tecnologías y formas de vida coexistiendo en un mismo espacio. Quizá porque desde que llegué hay una frase que me he descubierto escuchando, incluso pensando, unas cuantas veces: “Es como España hace treinta o cuarenta años”. Sale hablando de infraestructuras, servicios, formas de vida, o de cuestiones de género; con gente de aquí, y de España. Y puede que algunas semejanzas sean reales. Lo que me resulta cada vez más incómodo es la facilidad con la que convertimos una diferencia en una distancia temporal.

No se piensa “esto es diferente a España”. Pensamos “esto se parece a cómo éramos nosotros antes”. Sin querer, construimos una especie de carretera histórica común en la que unos países irían unos kilómetros —o unas décadas— por delante de otros. Bajo esa lógica, Honduras sería una versión anterior de algo que España ya fue y, con suficiente tiempo y desarrollo, terminaría llegando aproximadamente al mismo sitio. Pero la okra que se exporta no pertenece al pasado. Las camaroneras tampoco. Ni la inversión extranjera, ni los mercados internacionales, ni las infraestructuras energéticas, ni las cadenas globales de producción. Todos son profundamente contemporáneos. Honduras no es una España que todavía no ha llegado a 2026. Su situación actual es producto de una trayectoria histórica propia, y de la posición que ocupa y ha ocupado dentro de relaciones económicas y políticas que trascienden ampliamente sus fronteras. Pienso que tenemos que ser un poco más imaginativos, creativos y fieles a la realidad, adoptar otro prisma desde el que mirar.

Hay otra dimensión de todo que es bastante más difícil de fotografiar desde la carretera. La dependencia no tiene por qué terminar donde acaba la economía. No me atrevería, después de tan poco tiempo aquí, a hacer grandes afirmaciones, pero sí hay pequeñas cosas que me han hecho pensar en cómo las desigualdades pueden acabar formando parte también de la manera en la que imaginamos los lugares y nuestras posibilidades dentro de ellos. Aquí, las referencias al exterior son constantes. Familias atravesadas por la migración, Estados Unidos y España como ente recurrente, las oportunidades que existen “afuera”, los productos extranjeros… y, junto a ello, comentarios cotidianos que a veces parecen colocar lo que viene de fuera unos escalones por encima de lo propio. Me parece interesante entenderlo como los efectos que tiene ocupar durante generaciones una determinada posición dentro de una relación centro-periferia sobre aquello que se considera deseable, moderno o exitoso. Si durante décadas el capital, las mercancías, las oportunidades y también las personas circulan siguiendo determinadas direcciones, cabría pensar que esas geografías terminen entrando también en los imaginarios.

Aquí la cuestión se vuelve especialmente incómoda porque nosotras también hemos llegado desde ese afuera, aunque no en las mismas condiciones, ni formando parte de los mismos procesos. La frase del polvo me hace pensar también en nuestra propia posición. Durante tres meses entramos en comunidades, hacemos preguntas, escuchamos historias, participamos en actividades, fotografiamos, apoyamos a los técnicos y aprendemos a gran velocidad. Nos llevamos conocimiento, experiencia, relaciones e infinidad de vivencias que acabarán influyendo en nuestra forma de pensar, actuar y trabajar cuando volvamos a España. Después nos vamos. Entonces la pregunta cambia de escala, pero conserva algo de la anterior: cuando entramos en un territorio y obtenemos algo de él —aunque sea conocimiento, historias o experiencia—, ¿qué dejamos a cambio?. No creo que esa pregunta invalide la cooperación, aunque la pueda controvertir. Trato de resolver esta pregunta con la sensación de que sí hay algo que dejo, aunque aún no sepa definir muy bien qué es. la. Tampoco creo que haya que convertir esta experiencia en un examen moral permanente. Más bien, me parece una buena forma de no dar por hecho que nuestras intenciones determinan automáticamente nuestros efectos.

En la primera crónica hablaba fundamentalmente de adaptarnos a Honduras: el calor, la casa, San Lorenzo, el trabajo, aprender a movernos y empezar a construir una vida cotidiana aquí. Ahora sabemos dónde comprar, cómo desplazarnos, conocemos a bastante más gente y hemos recorrido mucho más territorio. Y, paradójicamente, cuanto más familiar empieza a parecerme todo, menos claras se vuelven algunas de las categorías con las que llegué.

Cuando algo nos recuerda a “la España de hace cuarenta años”, no estamos hablando únicamente de Honduras; estamos mostrando cómo imaginamos que cambian las sociedades. Cuando determinadas situaciones, por ejemplo, relacionadas con la cuestión patriarcal, nos producen rechazo inmediato, podemos estar reconociendo desigualdades muy reales pero, al mismo tiempo, necesitamos entender cómo las experimentan las propias mujeres y no caer en la espiral patriarcal de juzgarlas a ellas. Creo que comprender no significa excusar. Tampoco creo que la alternativa a mirar Honduras desde una idea lineal del “desarrollo” sea un relativismo en el que cualquier desigualdad quede automáticamente protegida bajo la etiqueta de diferencia cultural. Entre pensar que todas las sociedades tienen que recorrer exactamente el camino que recorrió la nuestra y pensar que no podemos analizar críticamente nada porque estamos fuera hay bastante espacio. Supongo que parte de estar aquí consiste precisamente en aprender a moverse por ese espacio. O, al menos, en salir con flexibilidad de categorías que sobre el papel parecían muchísimo más ordenadas.

Todas estas reflexiones me han ido acompañando mientras hacíamos kilómetros y kilómetros, porque la verdad es que no hemos parado. Además de seguir recorriendo el Golfo y participar en todas las actividades, también hemos tenido la suerte de conocer lugares increíbles. Un fin de semana fuimos a Tegucigalpa y aprovechamos para visitar Ojojona, Valle de Ángeles y Santa Lucía. Otro cruzamos a Nicaragua y pasamos por Managua, León y Granada, además de visitar los volcanes Masaya y Momotombo. Este último llegamos hasta La Unión, en El Salvador, y subimos a Conchagua.

Ahora, a seguir haciendo kilómetros por el Golfo, acumulando historias, desordenando categorías y tratando de dejar algo más que polvo.

Crónicas de Honduras. A segunda de Rubén: Que vale máis, un poste da luz ou unha árbore de cen anos?

Foi Don Modesto quen nos deixou as Albas e a min esta pregunta gravada na cabeza. Falabamos de desenvolvemento, de electricidade e de todo o que supón mellorar a vida das comunidades. Dicía que o progreso é necesario, pero sempre debe avanzar da man do ecosistema e non por riba del. E foi entón cando nos lanzou esta pregunta: «Que vale máis, un poste da luz ou unha árbore de cen anos?». Non buscaba unha resposta, senón facernos reflexionar sobre o equilibrio entre avanzar e conservar.

Nestes xa máis de 30 días percorrendo o golfo de Fonseca, paso a darlle o protagonismo da apertura desta crónica a Don Modesto, un auténtico loitador e protector do ecosistema e da vida.

Coñecer as comunidades e vivir, aínda que só sexa por un pequeno intre, formando parte da vida da súa xente, é algo indescritible. Pero houbo unha delas que foi un pouco máis alá no meu sentir e no meu apego: a comunidade de Moropocay. Tampouco sei explicar moi ben o porqué, así que simplemente deixo reflectido que un anaquiño do meu corazón queda alí.

Tiven tamén a sorte de poder impartir un obradoiro de primeiros auxilios na comunidade de Aguas Calientes e, crédeme, foi toda unha experiencia. Nun lugar onde a ambulancia e os servizos médicos non chegan, supuxo un reto intentar adaptar a formación a ese contexto. Cando aprendemos primeiros auxilios, case todo vai orientado á chegada dos servizos de emerxencia, pero aquí a realidade é ben distinta.

Polo demais, a experiencia segue medrando e eu con ela. Tivemos a oportunidade de entrar en Nicaragua e podo afirmar que cruzar a fronteira foi toda unha aventura, pero mereceu a pena. Cidades como Granada, León e Managua teñen un encanto e unha historia que recomendo descubrir a calquera que teña ocasión de pasear polas súas rúas.

Tamén estivemos en O Salvador, no alto do volcán Conchagua, unha auténtica marabilla. Desde alí puidemos contemplar unha das vistas máis impresionantes da viaxe: todo o golfo de Fonseca e os tres países —Honduras, Nicaragua e O Salvador— practicamente sen ter que xirar a cabeza.

Espero que nas escasas tres semanas que teño ata regresar a Galicia poida seguir acumulando vivencias, que estou seguro de que así será.

Déixovos unhas fotiños destas últimas semanas.

Na Estación Agroecolóxica de Vieiro

Sandra, compañeira de ESF, deixounos esta crónica e interesante reflexión sobre a visita que fixeron á Estación Agroecolóxica de Vieiro, dentro do programa ESFpro. Aproveitamos tamén para engadir á Estación a Openstreetmap.

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Hoxe con Gines (compi de ESF), Noe (Espiral Xoven) e Alba (Amigas da Terra) fomos ata a Estación Agroecolóxica de Vieiro, onde coñecemos o proxecto de agroforesta sintrópica 🌱✨

A verdade é que o bosque comestible que teñen aquí é brutal. Un exemplo precioso de como podemos soster a vida a través do autoconsumo e do autoabastecemento, recuperando saberes e, sobre todo, colectivizando o coñecemento para facer destes espazos sementes que poidan espallarse 🌳🌞

Unha das cousas que máis me chamou a atención foi a súa maneira de entender a sucesión ecolóxica e o papel das distintas especies. No caso do eucalipto, por exemplo, non o formulan en termos de “eucalipto bo/eucalipto malo”, senón desde a función que pode cumprir dentro dun proceso de transformación e manexo da terra.

Explícanos que, cando unha parcela está degradada e aínda non reúne as condicións necesarias para determinadas especies, poden empregarse especies pioneiras con gran capacidade de produción de biomasa. No caso do eucalipto, a poda e trituración desa biomasa permite incorporala ao sistema e favorecer a acumulación de materia orgánica, contribuíndo a transformar progresivamente as condicións do solo.

A idea non sería quedar no eucalipto, senón traballar coa sucesión para avanzar cara a sistemas máis diversos, complexos e produtivos, nos que poidan prosperar especies como o carballo ou o castiñeiro 🌳🌰

En xeral, a visión parte de que as especies non se poden clasificar simplemente como “boas” ou “malas”: cada unha aparece en determinadas condicións e pode cumprir diferentes funcións dentro dun proceso de transformación do ecosistema. Eles explicábano coa metáfora dunha especie de “escaleira de caracol”, na que van aparecendo diferentes comunidades vexetais a medida que cambian as condicións do solo.

Cando un solo está moi degradado, comezan especies capaces de vivir nesas condicións e crear as bases para as seguintes etapas, avanzando progresivamente cara a ecosistemas máis complexos e diversos ✨

Moi interesante a visión e moi diferente ao escoitado ata agora! 🌞

Deixo por aquí a iniciativa e invítovos moitísimo a visitala 💚

A verdade quédome con moitas reflexións especialmente sobre a ruptura dicotómica bo/malo, os esencialismos nunca foron o meu, e comprender que o eucalipto, así como tantas especies invasoras teñen unha funcionalidade máis aló de simplemente ser “malas” axúdame a poder ampliar a niña mirada, e sobretodo a incomodarme!! 🧙🏽‍♀️🌱

Crónicas dende Honduras: a segunda de Alba V. Adaptarse, medrar e florecer

Na miña anterior crónica contaba que xa levaba case o 17 % desta experiencia. Agora prefiro non saber en que porcentaxe estou. Porque, sinceramente, xa non quero contar canto falta para volver: xa non quero marchar de Honduras.

Ao principio miraba o contador como unha forma de motivación. Non porque estivese mal, senón porque botaba moitísimo de menos a casa e saber cantos días faltaban facía que o tempo parecese máis doado de medir. Agora, despois dun mes, deixei oficialmente de miralo. E o curioso é que non é porque me estea custando máis estar aquí, senón exactamente polo contrario: nestes últimos quince días fun tan feliz que creo que facía moito tempo que non me sentía así. Cheguei a sentir que Honduras tamén é un pouco a miña casa.

Estou namorada da súa cultura, da súa xente e da súa gastronomía. E aquí teño que facer unha mención especial ás baleadas, porque que marabilla de comida. A verdade é que, polo de agora, teño a fortuna de non poder mencionar absolutamente nada da gastronomía hondureña que non me gustase.

Pero, sobre todo, estou namorada das persoas. De todas as persoas coas que estou compartindo esta experiencia e, especialmente, dos meus compañeiros e compañeiras de CODDEFFAGOLF. Despois de tantas actividades, visitas e días compartidos, sinto que cada vez formo máis parte desta realidade. E hai algo que me resulta especialmente curioso: estando literalmente no outro lado do mundo, sinto que nunca estivera tan conectada coas miñas raíces. Creo que as persoas que medramos no rural compartimos moitas cousas, independentemente de que esteamos en Galicia, América, África, Asia ou Oceanía. Hai unha forma de entender a comunidade, de relacionarse coa terra e coa xente, de valorar as pequenas cousas, que atravesa fronteiras. E quizais estar tan lonxe foi precisamente o que me permitiu descubrilo.

E nesta conexión co rural aparece tamén unha persoa á que levo comigo dun xeito moi especial: o meu avó Manuel Nouche. O meu avó materno era, para min, absolutamente todo. E nestas semanas pensei moitas veces nel. Pensei no moito que lle gustaría estar aquí, coñecer todo isto e, sobre todo, escoitarme contarllo.

Porque sei que o meu avó sería desas persoas que quererían saber absolutamente todos os detalles. Querería saber como son as comunidades que visitamos, quen coñecemos, que nos contan, como é o lugar, que estamos facendo, que aprendemos cada día… E gustaríame tanto poder volver e sentarme con el para contarlle todo isto. Contarlle de Honduras, de Nicaragua, das persoas que estou coñecendo, das historias que estou vivindo e de como, estando tan lonxe, estou chegando a sentirme tan preto das miñas raíces e del.

Ás veces penso que, se el estivese aquí, sería unha desas persoas ás que máis ilusión me faría ensinarlle todo o que estou vivindo. E quizais por iso esta experiencia me está facendo sentilo tan preto. Porque hai persoas que, aínda que xa non estean fisicamente, seguen formando parte da maneira na que miramos o mundo. E sinto que unha parte de min está vivindo isto tamén con el. Sei que lle tería encantado todo isto. E, dalgunha maneira, cada comunidade que visito, cada historia que escoito e cada cousa nova que descubro convértese nunha historia máis que me gustaría poder contarlle. Por iso sinto que vivir esta experiencia tamén é unha forma de honrar a súa memoria: coñecer, aprender, achegarme ás persoas, á terra e ás comunidades e, ao mesmo tempo, gardar todo isto dentro de min para sempre.

Nestes quince días tamén tiven a oportunidade de coñecer moito máis do territorio. Visitamos xunto con Aminta, compañeira de CODDEFFAGOLF á que tanto lle debemos, Tegucigalpa, Valle de Ángeles, Santa Lucía, Ojojona e as termas de Nacaome, e puiden seguir descubrindo un país que cada vez sinto máis próximo.

En Santa Lucía atopeime cun cartel que dicía: “Adáptate, crece e florece”. E pareceume curioso porque, sen sabelo, levaba un mes facendo exactamente iso.

Cheguei tendo que adaptarme a unha realidade completamente nova; pouco a pouco fun medrando, aprendendo e coñecendo persoas e realidades que me están cambiando e agora sinto que estou “florecendo” aquí.

Unha das experiencias que máis me marcou nestes días foi poder viaxar a Nicaragua con dúas compañeiras de CODDEFFAGOLF, Dulci e Aminta. Percorremos practicamente todo o país e foi unha experiencia de película, un deses viaxes que sabes que vas lembrar toda a vida. Sinto unha enorme sorte por ter podido coñecer Nicaragua, especialmente porque desde España non é un destino ao que resulte tan sinxelo viaxar. Pero, máis alá dos lugares, o mellor foi compartir todo aquilo con elas, con AlbaC e con Rubén. Falamos moitísimo, coñecémonos aínda máis e volvín do viaxe sentíndome máis unida ás miñas compañeiras ca nunca.

Tamén tiven a oportunidade de celebrar o Día do Pescador, o 28 de xullo, na Berbería, xunto a persoas tan importantes para CODDEFFAGOLF como don Modesto, un dos seus fundadores. Sempre é un luxo compartir actividades con el e escoitalo falar. E, en realidade, poder compartir o día a día con todos os compañeiros e compañeiras de CODDEFFAGOLF está sendo un dos maiores agasallos desta experiencia.

Outro momento que sei que vou lembrar toda a vida foi poder vivir a final do Mundial na Embaixada de España en Honduras, xunto ao embaixador e a outros españois que emigraron a Honduras e construíron aquí a súa vida. E, ademais, gañou España. Estar no outro lado do Atlántico e celebrar unha vitoria da selección rodeada de persoas que, coma min, están lonxe da súa terra foi moi especial. Volvín sentir esa conexión con España, coa miña casa e coas miñas raíces, pero desde un lugar completamente diferente. Quizais iso sexa precisamente o bonito desta experiencia: sentirme máis conectada con España mentres, ao mesmo tempo, me sinto cada vez máis parte de Honduras.

Entre todas as actividades que puiden facer cos meus compañeiros de CODDEFFAGOLF, tamén tiven a oportunidade de participar nun monitoreo da calidade da auga das lagoas de inverno e analizar despois as mostras nun laboratorio da UNAH, en Choluteca. Foi curioso entrar nun laboratorio tan parecido aos que coñecín durante a miña etapa na Universidade de Vigo e sentir, por un momento, sentir que volvía a estar na cidade olívica. Pero esta actividade tamén me permitiu ver dunha maneira moito máis real algo do que tantas veces escoitara falar: o cambio climático. Aquí deixou de ser para min unha idea abstracta ou algo que aparece nos libros e nos informes. Está nas lagoas, nos cultivos e nas preocupacións das persoas.

As lagoas de inverno están sufrindo as consecuencias da falta de choiva e as salinidades que atopamos durante o monitoreo eran moi elevadas. E esa falta de auga tamén está afectando directamente á agricultura. En comunidades como Moropocay, os veciños están perdendo cultivos, cando a agricultura é o seu sustento. Nas comunidades da Berbería tamén existe unha preocupación enorme pola situación das lagoas, especialmente despois de tantos anos de loita pola súa defensa e conservación.

É difícil non sentir tristeza cando ves que persoas que levan anos loitando polo seu territorio teñen que enfrontarse tamén a cambios que afectan directamente á súa forma de vida. E, ao mesmo tempo, esta experiencia estáme facendo comprender que hai cousas que si podemos cambiar, e que precisamente por iso é tan importante o traballo que realizan organizacións como CODDEFFAGOLF e as propias comunidades.