Crónicas de Honduras. 3ª de Alba C. El ritmo, el caliche y un sueño febril
“Ya descansaremos en el vuelo de vuelta”, nos repetimos una a la otra prácticamente todos los días.
Estas últimas semanas han tenido algo de sueño febril. No porque hayan pasado cosas extraordinarias todo el tiempo, sino porque han pasado demasiadas cosas, una detrás de otra, sin mucho espacio para procesarlas. Trabajo, viajes, reuniones, talleres, ferias, celebraciones, conversaciones, buses, calor, madrugones, comidas compartidas y horas de espera. Hemos aprendido —o, por lo menos, intentado aprender— el meneíto, la punta, el quebraíto y el merengue; hemos acabado en una coronación de la reina; hemos cruzado medio país y acumulado tantas escenas distintas que algunas empiezan ya a mezclarse entre sí.
Una de las cosas que más estoy dando cuenta aquí es que adaptarse a un lugar también significa aprender sus tiempos. Y los tiempos de Honduras me resultan profundamente contradictorios. Por un lado, veo muchísimo trabajo. Jornadas larguísimas, precariedad, personas encadenando responsabilidades y una presencia del trabajo en la vida que a veces parece dejar muy poco espacio para cualquier otra cosa. Por otro, la experiencia cotidiana tiene una lentitud a la que no estamos acostumbradas: los horarios son más elásticos, los contratiempos se asumen de otra manera, las esperas forman parte de cualquier desplazamiento y tener prisa sirve, básicamente, para nada. Y me siento bastante cómoda en eso. Toda mi vida me han dicho en España que soy lenta. Que camino lento, que hago las cosas lento, que necesito mis tiempos. Quizá por eso hay algo del ritmo hondureño que me resulta extrañamente familiar y cómodo. No porque todo sea tranquilo —no lo es en absoluto—, sino porque existe otra relación con la espera, con el imprevisto y con la planificación.
Otra cosa muy presente en esta semanas ha sido el caliche, el hablar catracho. No solo por aprender palabras, expresiones o formas de llamar a las cosas, sino por ir entendiendo poco a poco los códigos que las rodean: cuándo se bromea, cómo se cuenta una historia, cuánto dura una conversación, qué significa realmente un “ahorita”. Después de dos meses, empiezo a notar que algunas expresiones se me escapan.
Creo que hay pequeñas cosas cotidianas que explican muchísimo mejor un lugar que cualquier gran reflexión. Una de mis favoritas es la comida. En casi todas las actividades de CODDEFFAGOLF, reuniones o talleres en los que hemos participado, la alimentación está incorporada como una parte más de la actividad. No aparece como una interrupción ni como un problema logístico que obliga a levantar todo y dispersarse. Llega la hora del almuerzo y simplemente te sirven ahí donde estás sentado. Todo el mundo come lo mismo, en el mismo espacio. Y, por supuesto, siempre con su fresco.
Hace poco, durante nuestra excursión a Copán, me preguntaron qué era lo que más me gustaba de Honduras y qué era lo que menos. Lo que más me gusta son los colores. Lo que menos, la privatización del ocio. Los colores están en las casas, en los puestos, en la ropa, en los buses, en la fruta, en los rótulos. Lo segundo aparece de maneras muy distintas. Hay pocos espacios donde simplemente estar sin consumir, muchas veces las playas, las piscinas o incluso los lugares desde los que acercarse al agua están atravesados por lógicas privadas. También me decepciona continuamente lo poco amable que puede resultar el espacio urbano para quien simplemente quiere caminar, sentarse a la sombra o pasar una tarde fuera de casa sin gastar dinero.
En esa línea, me impresionó mucho la gestión del paisaje que encontramos en Utila. Allí, viví una de las experiencias más bonitas de mi vida haciendo snorkel. Nunca había visto nada parecido. Durante un rato, nadando encima del arrecife, me sentí la persona más afortunada del mundo. Pero la misma línea de costa que escondía bajo el agua una biodiversidad increíble aparecía, en tierra, fragmentada por propiedades privadas y terrenos en venta. Me costaba reconciliar las dos imágenes: un ecosistema marino extraordinariamente conservado y, unos metros más arriba, una costa convertida en parcelas. Fue también el lugar donde vimos más turismo internacional desde que llegamos a Honduras. De repente aparecieron códigos sociales mucho más parecidos a los ambientes por los que solemos movernos habitualmente. Incluso algo aparentemente banal como la ropa se sintió como un pequeño respiro. Volvimos a vestirnos sin pensar demasiado en si algo era demasiado corto, escotado o llamativo.
Últimamente también me ha despertado mucho interés todo lo relacionado con las semillas criollas. He aprendido mucho sobre su importancia: conservar semillas significa también conservar conocimiento. Saber cuándo sembrar, qué resiste mejor, qué se adapta al suelo, cómo seleccionar, intercambiar y guardar. Con cada generación que deja de necesitar esos saberes para vivir, se pierde también una parte de esa relación acumulada con el medio. Esa ruptura con los conocimientos del pasado, he descubierto que está causando estragos para la alimentación en algunas zonas aquí.
La cuestión de la memoria apareció con mucha fuerza en Copán Ruinas. El sitio me impresionó muchísimo por su escala y la riqueza de todo lo que se conserva allí. Pero creo que lo más interesante de la visita no fue solo ver las ruinas, sino vivir ese primer impacto juntas. Éramos ocho y, tanto para quienes veníamos de fuera como para los hondureños del grupo, era la primera vez allí. Compartir esa primera mirada abrió una conversación que probablemente habría sido muy distinta si cada una hubiese recorrido el sitio por su cuenta. Hablamos del saqueo, de las piezas que salieron del territorio, de la colonización y de las distintas formas históricas de desposesión. Nos preguntábamos por qué un legado de esa magnitud parece tener a veces tan poca presencia en la construcción cotidiana de una identidad colectiva. No como una identidad maya esencialista, congelada, romantizada… sino como una memoria capaz de reconocerse como parte de una historia propia. ¿Cuánto hay de falta de interés individual? ¿Cuánto de interés global en la falta de educación? ¿Cuánto de siglos de represión de lo indígena? ¿Cuánto de una historia nacional construida, precisamente, sobre determinados olvidos? Evidentemente, ninguna de esas preguntas se responde paseando una mañana entre ruinas. Pero lo valioso fue poder hacérnoslas juntos.
Todo lo vivido se siente todavía demasiado cerca para ordenarlo del todo. Hay cansancio, muchísimo. Hay días en los que la acumulación de estímulos, trabajo, calor y desplazamientos ha convertido a estas últimas semanas en una especie de sueño febril que tiene de banda sonora las melodías de lira que suenan de la nada por la calle en San Lorenzo y del que, por suerte, todavía no hemos despertado.

Gira de campo en Bahía de Chismuyo

Transportando comida a un encuentro

Visita a Copán Ruinas

Foto de Equipo en la feria gastronómica de Namasigüe

Mi grupo “mujeres unidas en acción” en Escuela de Incidencia Política en Namasigüe

Paisaje manglar desde la lancha

Raíces de mangle

Reunión en Poza Grande

Snorkel en el arrecife mesoamericano














































